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Crónica de los 10.000 del Soplao 2013

18-5-13-037

David Moreno Manzanaro (@Davidmmmfm) de su experiencia en los 10.000 del Soplao, en mayo de 2013. Nunca es tarde para crónicas de experiencias como esta ruta. 

Llegó el día de hacer “Los 10000 del Soplao”, 165km con más de 4500 m de desnivel acumulado, por algo le llaman el Infierno Cántabro… El año anterior me quedó una espinita clavada al no poder terminar la prueba por las malas condiciones meteorológicas.

Este año en principio la temperatura iba a ser buena, pero a última hora todo se estropeó y cambió de repente. Todo indicaba que nos llovería el Sábado y no quería pasar otro Soplao empapado como el del año anterior, así que este factor me hizo estar a punto de tirar la toalla y no volver este año, pero, había que intentarlo…

Preparé la mochila con la ayuda de Carolina, para salir de casa con toda la ropa posible. En Cantabria la temperatura es muy variable y hasta última hora no se sabe con exactitud si lloverá o hará mucho frío, así que tuve que echar a la mochila de todo, tanto ropa de verano como de invierno, junto a todo lo necesario para la bici, cenar y desayunar en la cabaña, sacos de dormir, estufa (para no pasar el frío del año pasado), ropa de calle de cambio, etc…

Este año el Soplao lo haríamos en bici solo Roberto, Manolo y yo, pues Miguel Ángel, viendo la que nos iba a caer de agua, prefirió cambiar la inscripción de btt a bici de carretera para el día 1 (otra gran prueba).

El año pasado fuimos más de 4500 personas las que nos apuntamos, este año no llegaban a esa cifra, se conoce que las malas temperaturas del año anterior, junto a las malas previsiones para este año y junto a la crisis, han influido a que esa cifra no fuese superada.

En la bolsa del corredor este año, venían menos cosas que año anterior: un maillot, un cheque de descuento de 5€ para una pulsera identificativa y los mismo folletos del año pasado.

El día estaba nublado, amenazando lluvia en todo momento, pero las previsiones habían vuelto a cambiar, ahora anunciaban lluvias para el sábado, pero a partir de las 12:00, ¡con eso me conformo! ¡Mientras que no me caiga agua en la salida!, con eso soy algo más feliz. De todas formas allí estaba el speaker, animándonos para el día siguiente, con la canción de Efecto Pasillo, No importa que llueva… ¿Qué no importa que llueva? ¡Cómo se nota que tú no vas a salir en bici!, pensaba yo…

Tras pasar a un supermercado a comprar pan para cenar, volvimos a la cabaña a preparar las mochilas, colocar dorsales, hacer los últimos ajustes en las bicis, preparar la cena a base de pasta y a la cama a descansar lo máximo posible.

Pero irse a la cama, era complicado… Todo era un mar de dudas, no sabíamos que echar a la mochila, lo único que tenía claro era con la ropa que iba a salir, aunque todo podía cambiar si al levantarnos estaba lloviendo. Por un momento llegué a pensar que si estaba lloviendo en la salida, recogería los bártulos y me volvería a casa.

A las 5:30, suena el despertador, no llueve, salgo a la calle, pero no pude ver las nubes al ser de noche, desayuno y me dispongo a meter todo a la mochila. Para llevar puesto, térmica sin mangas, maillot largo, cullote corto y chaleco. Además para esa hora de espera en la salida, llevaría puesto las perneras y la chaqueta de invierno puesta y momentos antes de las 8:00 me lo quitaría, de esta manera evitaría quedarme frío.

Quedamos con Roberto a las 6:40 en el mismo lugar donde aparcamos el año pasado, para estar en la calle de la salida a las 7:45 y arrancar lo más delante posible. Descargamos las bicis y corriendo nos fuimos para coger una buena posición.

Al llegar a la calle observamos que este año arrancaríamos mucho más delante que el año pasado, más o menos en la mitad de la calle. Nos posicionamos y esperamos ansiosos a que dieran las 8:00, cuando quise sacar el móvil para hacer una foto me di cuenta que no lo llevaba encima, me lo había dejado en el coche, así que me tocó ir a buscarlo mientras que Roberto y Manolo me guardaban el sitio…
La temperatura era buena, hacía algo de frío, pero seguro que al empezar a rodar entraríamos en calor, así que a las 7:45 me despojé de las perneras, de la chaqueta de invierno y me coloqué los cubrebotas para evitar que se me mojaran los pies en caso de que lloviera.

¡Las 8:00!, suena la traca, suena la tradicional canción de ACDC y acto seguido la cuentas atrás…. 5, 4, 3, 2, 1… Dan la salida y el alboroto del personal aumenta, estamos todos nerviosos, deseando salir, pero no pasamos por el arco de salida hasta el minuto 3:20, 10 minutos antes que el año pasado…

La emoción aumenta, la gente nos anima a ambos lados de las calles, ¡menudo subidón!

Una de las novedades de este año, en cuanto al recorrido está justo al principio. La salida de Cabezón este año se hace por otro sitio y a los 3 km, nos encontramos con las primeras retenciones, unas primeras rampas con un buen desnivel, menos mal que al ver la situación consigo escabullirme entre los bikers para evitar el tener que bajarme de la bici y cumplir así una de mis primeras reglas sobre la bici: intentar hacer el recorrido entero y sin bajarme de la bici para empujar o esperar… Más tarde me enteré que en este punto se formaron tapones muy grandes… Este primer cambio del recorrido no me gustó nada, siempre hay que tratar de evitar tapones en una marcha con tanta participación, y más en una marcha de tantas horas…

Al escabullirme entre los demás, me separé de Manolo y de Roberto unos metros, Roberto me alcanzo al rato, Manolo venía unos metros detrás, cuando dábamos alguna curva, miraba hacia atrás y lo veía.
Después de una sucesión de subidas y bajadas llegamos a la famosa subida de la Cocina o Lastras, aquí lo tapones siempre han sido inevitables, pero este año no existían, gracias a que este tramo había sido asfaltado, así que el primer tramo en vez de hacerlo empujando la bici, como el año pasado, pude completarlo subido mientras recibíamos los ánimos de los espectadores allí congregados.

Aunque la alegría no nos duró mucho, porque el tramo asfaltado se terminó y paso a ser lo que era, un tramo por el cual era complicado ir en bici, totalmente embarrado. Intentábamos avanzar empujando o subidos y mantener el equilibrio, pero al final no tuve más remedio que hacer unos 300 metros empujando. Roberto consiguió avanzar algo más que yo y me sacó unos poco metros.
Tras pasar este tramo venía una pequeña bajada llena de barro y justo antes de iniciar la subida a las cuevas del Soplao, había un hombre con un camión cisterna limpiando bicis. Paré para quitar la plasta de barro que llevaba en el desviador y acto seguido me ofrecieron aceite para la cadena antes de iniciar la subida.

Perdí a Roberto de vista, la parada para lavar la bici me retrasó y pensé que no volvería a verle más por lo fuerte que está (ya me lo demostró el año pasado aquí mismo y en las numerosas rutas que hemos podido compartir). En cuanto a Manolo, no sabía nada de él, me fastidiaba dejarle solo, pero por otro lado, lo más sensato era que cada uno fuera a su ritmo.

La subida a las cuevas del Soplao es la más cómoda y sencilla de todas, carretera asfaltada, con una pendiente asequible en torno al 6%, de unos 7 km incluyendo la subida a la Cocina, con varias zetas en su ascenso. Fue en una de ellas cuando escuché mi nombre que venía de la parte alta, ¡era Roberto! Me dijo que me esperaría en el avituallamiento de las cuevas, así que aceleré la marcha para que no tuviera que esperarme durante mucho tiempo.

En plena subida coincidí con un bíker que llevaba la ropa del club de Cabezón de la Sal, ¡este es del terreno! Así que le pregunte…

¿Va a llover o no? Me miró y con una sonrisa me dijo: ¡Cómo se quite el aire, la cagamos! ¡Nos caerá agua sin parar! Me indicó el mar y me dijo: ¿Ves aquellas nubes negras de allí? Esas nubes estarán en Cabezón a las 20:00, así que si no quieres que te pillen, ¡ya puedes darle a los pedales!

Ojalá y no nos llueva le dije y seguí su consejo, me puse a darle a los pedales hasta que llegué al primer avituallamiento, situado en el aparcamiento de las cuevas del Soplao, donde me reencontré con Roberto.
Mientras Roberto se quedaba con las bicis, yo fui a por algo de comer y de beber, sorteando las numerosas bicicletas que estaban por el suelo. En los avituallamientos no faltaba de nada, plátanos, agua, bebidas isotónicas, pasteles, geles, membrillo, etc…

Cuando estábamos a punto de iniciar la peligrosa bajada, llegó Manolo. Decidimos quedarnos con él y esperarle para continuar juntos. Mientras, veíamos como algunos ni paraban, así que yo personalmente me empecé a agobiar… ¡Nos está adelantando mucha gente!

En cuanto Manolo repuso fuerzas iniciamos la bajada, si el año pasado estaba mal, este año estaba peor… Había gran cantidad de barro, aquello parecía una pista de patinaje, la gente bajaba con mucha precaución (demasiada, a mi entender, aunque no todos somos iguales). Yo disfruté mucho, llegué a la parte rayada y hormigonada donde el disfrute fue mucho mayor y acto seguido entré en Celis, donde me encontré con dos filas de ciclistas esperando su turno para que los vecinos que estaban con las mangueras en la calle les quitaran el barro, ¡qué amabilidad!.

Decidí parar para pasar por el improvisado lavadero, mientras que llegaba Roberto o Manolo, pero mientras tanto me encontré con Dani, un buen amigo que conocí en la Batalla de Uclés, ¡qué alegría ver a gente conocida!

El primero en llegar fue Roberto que esperó a que yo terminara de lavar la bici y tras coger un clinnex, que una vecina me ofreció para limpiarme la cara, seguimos el camino juntos.
Llegamos al río, este año cargadito de agua y que teníamos que cruzar… Había un pequeño parón debido a que teníamos que cruzarlo a pie, pisando entre piedras, el que no se quería mojar… y metiendo lo pies hasta las rodillas, al que le daba igual….

La siguiente subida era Monte A, donde sus fuertes rampas de hormigón rayado, van castigando al personal. Apenas 4 km con una pendiente media del 9%, pero con lo peor a mitad del recorrido con algunas rampas del 19-21%.

Le comenté a Roberto que este año no había tanta gente andando como el año anterior. Recuerdo que el año pasado me resultaba muy difícil mantener el equilibrio sobre la bici con tanta gente a ambos lados empujando sus bicis. A la que sí pude ver fue a una mujer cons su hija repartiendo golosinas y trozos de manzana en una de las curvas en pleno ascenso. Me acerqué a coger gominolas y le agradecí que estuviese allí.

Coronamos Monte A e iniciamos la bajada. En las bajadas descendía muy deprisa, alcanzando mucha velocidad y arriesgando más de la cuenta, pero que le voy a hacer… ¡me encanta correr! Roberto era más prudente, así que en las bajadas nos separábamos, aunque luego enseguida me volvía a pillar…
Llegamos a Ruente. En él nos esperaba una gran cantidad de público, aplaudiendo y dando ánimos. Pasamos por el famoso y estrecho puente que hay para cruzar el río Saja, la verdad es que fue emocionante volver a cruzar por él… Este año había gente desde aquí haciéndonos un pasillo que nos guiaba hasta el final del Pueblo.

Desde allí hasta el siguiente avituallamiento, el de Campa Ucieda, me pude encontrar con varios bíkers en sentido contrario a nuestra marcha, era gente que abandonaba la prueba… (Al menos es lo que yo pensé).
Lo de Campa Ucieda parecía un campo de batalla: infinidad de gente, ciclistas, gente de la marcha a pie, familiares, gente de la organización, carpas llenas de comida y bebida, camiones cargados de suministro, ambulancias, etc… Cogí unos bocadillos, plátanos, Aquarius, algún pastelito y me fui donde estaba Roberto para comérnoslo. Era increíble el movimiento de gente.

Aproveché para engrasar la bici, ya que las cadenas estaban bastante resecas, estiré y volví a por más bocadillos. La idea era comer todo lo que pudiera y evitar que el tío del mazo viniera a visitarme en la ascensión del Moral.
Después de unos 10 minutos de parada decidimos continuar el camino. Pensé que para la subir al Moral, lo mejor sería desprenderse de ropa, así que me quité el chaleco, los guantes de invierno y la braga, para sudar lo menos posible y luego para la bajada me lo volvería a poner de nuevo todo.

Dejamos el avituallamiento para adentrarnos en corazón del parque Saja-Besaya y comenzar el ascenso al primero de los 4 “colosos” de este infierno.

La subida del Moral son de unos 12km con una pendiente media de 6.5% con 9 km rozando el 8% de manera muy constante. En algunos tramos del recorrido coincidíamos con los de la marcha a pie, ellos tenían que completar un recorrido de unos 45km con unos 2000 metros de desnivel acumulado, andando por la montaña, ¡tampoco lo tenían nada fácil!

Roberto y yo nos pusimos un ritmo cómodo, íbamos adelantando a bastante gente. Aquí también hubo gente que se daba la vuelta, ya no sé si antes de coronar o al coronar. La verdad es que en esta prueba la cabeza juega un papel muy importante…

Llego arriba sorprendentemente bien, con fuerzas, bebo bebida isotónica del avituallamiento líquido y me vuelvo a poner la ropa para no quedarme frío en la bajada, mientras que llegaba Roberto.
A partir de ahora todo lo que venía detrás era nuevo para mí. El año pasado nos cortaron el paso aquí mismo, aunque el panorama era bastante distinto, hoy la temperatura era estupenda y el año pasado fue horrible: viento, lluvia, frío, ufff, prefiero no recordarlo…

De nuevo me lanzo en la bajada, casi siempre por encima de los 50km/h, sin apenas tocar los frenos. He de decir que me di un buen susto en una de las curvas, estuve a punto de despeñarme por ir mirando la hora en el cuentakilómetros, ¡quién me manda!

Llego abajo en solitario, continúo por carretera alcanzando a un grupo con el que llego a Bárcena Mayor y al avituallamiento allí situado. Mientras voy a buscar algo de comer, llega Roberto. Engullo varios bocadillos, me tomo un café caliente y nos comentan que ahora es cuando viene lo peor: 16km de subida con una pendiente media del 5% a Fuentes y luego la subida a Ozcava antes de llegar al próximo avituallamiento.

Iniciamos la subida de Fuentes, sin prisa, pero sin pausa. Volvemos a poner un ritmo, la subida no se me hace muy dura y llego arriba bastante entero. Arriba avituallamiento líquido, me tomo algo para el grandísimo dolor que cabeza que tengo, la temperatura ha bajado considerablemente y el viento es cada vez más fuerte, me abrocho el chaleco antes de bajar y de nuevo a tope…

Empiezo la subida a Ozcava de 6 km yo solo, Roberto aún no me ha pillado. Decido ir subiendo a un ritmo tranquilo para que me alcance, pero por más que miro hacia atrás no logro verle. Llego al avituallamiento justito de fuerzas, necesito comer algo, no quiero barritas, ¡quiero bocadillos!.

Dejo la bici y me meto a la carpa que tienen montada, dentro de ella estamos todos resguardados del fuerte viento que se ha levantado. Al entrar a la carpa me encuentro a una mujer con un plato de tortilla en la mano, ¡genial!, ¡esto es lo que me hacía falta! No me separo de ella y mientras como tortilla veo como llega Roberto. Tras la tortilla, asalto la banasta de bocadillos, cojo plátanos y vuelvo a beber Aquarius y salgo fuera para estirar y continuar el camino.

Bajada de Ozcava, la más rápida de todas. Al pisar el asfalto alcanzo la velocidad máxima del día 75 km/h, adelanto a muchos bikers, llego a la serie de curvas cerradas del final, las paso sin problemas, aunque me vuelvo a dar un susto en una de ellas, ¡relájate! (me digo a mí mismo). Me dirijo al paso de control en Correpoco, voy de paso y no paro en el avituallamiento líquido. La gente no se cansa de aplaudir, se agradece. Les devuelvo el aplauso e incrementan la intensidad del aplauso, ¡joder que emoción! ¡Solo por esto ya merece la pena este sufrimiento!

El siguiente punto era una de las sorpresas que nos tenían preparada: el tramo nuevo de Correpoco. La primera subida es exigente, consigo hacerla sin poner el pie, gritando a todos los que iban andando que se apartaran para que no me entorpecieran la subida técnica por las piedras. Al ver que casi todos los demás se bajaban sin llegar a intentarlo, pensé: ¡venga David!, demuestra tu habilidad y no te bajes.

Algunos bikers me gritaban ¡vamos David!, al ver mi nombre en el culotte… Aquí recibí una buena inyección de adrenalina, que me dio alas para seguir a tope, pero a los pocos metros llegué a la llamada ciénaga de Sherk, un paso lleno de barro, por el cual era imposible hacerlo en bici, aquí sí que todos pasamos por el aro… Menos mal que tampoco fue muy largo y pronto pude volver a subir y continuar…

Roberto sigue sin alcanzarme y me empiezo a mosquear, ¡no es normal! Llego a Renedo de Cabuerniga, y me dispongo al asalto de la última subida, la temida y comentada ascensión al Negreo. Llego por carretera, de repente me indican un giro a la derecha y cuando giro, me encuentro un montón de gente a ambos lados de una fuerte pendiente asfaltada, ¡cuando hay tanta gente agrupada en un mismo sitio, es que hay algo gordo! Una primera rampa repentina antes de llegar al último avituallamiento.

Me encuentro delante de mí a Eva, ¡qué coincidencia!, ¡qué alegría me dio verla! Le di ánimos mientras subíamos y en el avituallamiento hablamos sobre todo lo que llevábamos hecho. Casi al despedirnos, llegó un hombre de la organización y nos explicó que nos quedaban 5 km que eran ¡la hostia! (palabras textuales), con fuertes pendientes y una rampa en particular con más del 25%, por lo que nos aconsejó que nos lo tomáramos con tranquilidad. Esta noticia, con 130 km en las piernas y 7 horas de sufrimiento me entró por un oído y me salió por otro. Pensé: ahora es cuando tengo que darlo todo, sé que puedo terminar con fuerzas, así que de tranquilidad nada, a esa la dejé abandonada hace unos días…

Salimos Eva y yo del avituallamiento y nos dispusimos a ascender el tramo denominado como ¡la hostia! Al ir junto a Eva los ánimos del público se multiplicaban, todos le gritaban y aplaudían al verla llegar, fue también un momento emocionante ver cómo la gente reconocía el esfuerzo de esta gran campeona ¡te merecías esos elogios, Eva!

Ella me dijo que fuera a mi ritmo y poco a poco la voy dejando atrás. En cada curva miraba para ver por donde iba, al igual que seguía mirando y buscando a Roberto, pero no aparecía ¡algo le ha tenido que pasar!…

En el ascenso adelanto a mucha gente, la mayoría van andando y empujando la bici. Consigo pasar todo este tramo de grandes pendiente sin bajarme, pero aún no ha terminado el suplicio, termina el tramo de ascensión con el firme asfaltado y el camino pasa a ser de tierra que transcurre por la ladera, pero el terreno se complica y se llena de piedras, por las cuales me resulta complicado pasarlas sin bajarme. Tiro de amor propio y logro pasar todo sin bajar ¡así se hace! me grito…
Ya está todo hecho, solo me queda la bajada y de nuevo me lanzo a por ella, las nubes se han vuelto totalmente grises, amenazando lluvia, el viento es fortísimo, estoy a 4 km de Cabezón. ¡4 km para la gloria!, que fueron por carretera. Conseguí meterme en un grupo de 5 y nos turnamos dando relevos para repartir el esfuerzo entre todos ante el fuerte viento.

Entramos en la calles de Cabezón de la Sal, recuerdo todo lo vivido a lo largo del día y vuelvo a acordarme de Roberto, él me ha acompañado durante muchos kilómetros y me gustaría entrar por la línea de meta con él, así que decido pararme y esperarle.

La gente me dice, que no me pare, que me queda muy poco para llegar, les explico la situación y me entienden perfectamente. Me empiezo a quedar totalmente helado y comienza a llover, son las 20:10 y al ver llover me acuerdo del amigo del club de Cabezón de la Sal que me dijo que a las 20:00 llovería en Cabezón, ¡el tío lo clavo!

Tras 10 minutos de espera, mojándome decido pasar por meta y resguardarme en alguna carpa, así que muy a mi pesar cruzamos la línea separados.

12.21 minutos, ese fue mi tiempo, seguro que se puede mejorar, pero esa no era mi intención, me emociono bastante, han sido muchos entrenamientos de cara a esta prueba y el resultado está aquí. Llamo por teléfono a Carolina y la emoción me impide mantener una conversación con ella, recibo mensajes de amigos diciéndome que me han visto entrar por meta a través de la retransmisión en Internet y me dan la enhorabuena, fueron tantas cosas juntas… No sabía qué hacer, si irme, si quedarme, lo que sí sabía es que estaba congelado…

Me voy a la línea de meta y veo entrar a unos 12 minutos después a Eva y justo detrás a Roberto, voy a su encuentro nos felicitamos y le pregunto el porqué de su retraso, me dice que había pinchado dos veces y que ya le fue imposible pillarme, ¡eso lo aclara todo!

Empiezo a dar tiritones de los grandes, Roberto me recomienda que me vaya a casa me duche y vuelva luego a buscar a Manolo, así que cargo la bici en el coche y rápidamente me vuelvo al camping, me ducho y vuelvo corriendo a Cabezón de la Sal, para recoger a Manolo el cual ha terminado su primer Soplao con un tiempazo.

Un Soplao para recordar, con momentos chungos, momentos de indecisión y muchas emociones, pero con un final “amargo”: cuando llegué a meta, no pude chocar la mano con nadie o abrazarme en ese momento, por ese motivo he decido volver el año que viene acompañado de Carolina, para poder compartir esa emoción al llegar, así que el volveré a vivir el Infierno otro año más…

17-5-13-004

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